Aníbal Cristobo (Kriller71 ediciones): “Lo arriesgado es creer que podemos vivir sin poesía”

7 May

Hay quie­nes se embar­can a crear nue­vos pro­yec­tos, y en pocos meses logran hacerse un hueco den­tro de la extensa pro­puesta edi­to­rial. Es el caso de  Kriller71 edi­cio­nes, una edi­to­rial espe­cia­li­zada en poe­sía con­tem­po­rá­nea, y que está publi­cando a auto­res con obras con­so­li­da­das en sus paí­ses de naci­miento pero que no han sido casi publi­ca­das por estos lares. Aníbal Cris­tobo (Lanus, Bue­nos Aires, 1971) está detrás de esta aven­tura y nos ha expli­cado las razo­nes por las que creó la edi­to­rial, la forma en la que entiende la indus­tria lite­ra­ria y, des­pués de hacer un reco­rrido a tra­vés de los últi­mos libros publi­ca­dos, nos ade­lanta las pró­xi­mas nove­da­des para el otoño próximo.

¿Cómo surge la idea, y por qué razón os embar­cáis con la aven­tura de Kriller71 ediciones?

Mira, este pro­yecto nace a inicios del 2012: en aquél momento yo estaba tra­du­ciendo a una poeta con­tem­po­rá­nea cuyo nom­bre pre­fiero no reve­lar por ahora (ya se sabe que la poe­sía está pla­gada de peli­gro­sas intri­gas). Lo cierto es que tiene una obra extensa y mara­vi­llosa, y está prác­ti­ca­mente iné­dita fuera de su país, por moti­vos que des­pués entendí. Iba avan­zando con el libro y pen­saba: “y cuando lo ter­mine, ¿a quién se lo llevo?”, y me iba mal­hu­mo­rando solo, ima­gi­nando las difi­cul­ta­des que enfren­ta­ría para con­ven­cer a edi­to­res a los que no cono­cía y que no me cono­cían a mí de nada, de publi­car a una señora de la que tam­poco habían oído hablar nunca. En fin, era un poco como aquel chiste en el que un tipo se queda tirado con el coche en la ruta, de noche, y tiene que cami­nar varios kiló­me­tros hasta un casita lejana para pedir­les un gato con el que arre­glar el vehículo —y cuanto más se acerca a la casa, más seguro está de que le van a res­pon­der de mala manera, con lo cual su ánimo va empeo­rando cada vez más. Solo que en mi caso, en lugar de que me abrie­ran la puerta y yo les res­pon­diera que podían meterse el gato en el culo, decidí que lo mejor era crear mi pro­pia edi­to­rial para no tener que ir a pelearme con nadie: en eso me engañé redonda e inge­nua­mente, pero esa es otra his­to­ria. Total, que el libro no pudo publi­carse por un malen­ten­dido —qué es la lite­ra­tura, en defi­ni­tiva, sino una suma de ellos— pero ese volu­men iné­dito se man­tiene como la ausen­cia fun­da­cio­nal sobre la que se argu­menta el sen­tido de la edi­tora, como el libro número cero, ese que sólo existe en nues­tra ima­gi­na­ción. Algo así como la Rebecca de Hit­ch­cock. Es decir, como una excusa cual­quiera para ponerse a hacer algo que uno desea hacer.

Sea como sea, supone una apuesta arries­gada en estos tiem­pos tan com­pli­ca­dos idear una edi­to­rial, y aún más de poesía.

Pienso que si lo vemos como una apuesta, corre­mos el riesgo de creer que habrá un único número gana­dor, o de algún modo que­da­ría­mos ata­dos a un resul­tado que ven­dría a con­va­li­dar si tene­mos o no razón en hacer lo que hace­mos. Vamos a per­derlo todo y, como que­ríaBeuys, nos ali­men­ta­re­mos del derro­che de nues­tras pro­pias ener­gías. Tal vez sea bueno que deje­mos de pen­sar en la poe­sía en tér­mi­nos de mar­ke­ting empre­sa­rial y la enten­da­mos como un eco­sis­tema: lo que que­re­mos desa­rro­llar en Kriller71 es eso, ese sen­tido de la ofrenda que pro­pi­cia que un cir­cuito sea sus­ten­ta­ble, al menos por un ins­tante. Que alguien que le debe casi todo a la poe­sía, como es mi caso, pueda inten­tar hacer uso de sus fuer­zas para devol­ver algo de lo que ha reci­bido. En ese sen­tido es casi anec­dó­tico que el pro­yecto sea eco­nó­mi­ca­mente invia­ble, por­que por la misma regla de tres pode­mos lle­gar a la con­clu­sión de que lo más acer­tado para un ele­fante sería la inmo­vi­li­dad o que tener ami­gos no es una acti­vi­dad redi­tua­ble, y evi­den­te­mente no se trata de eso. Con lo cual, invir­tiendo los tér­mi­nos, te diría que no, que ofre­cer algo que uno hace con pasión, bus­cando el modo de entre­gar lo mejor de sí, nunca es arries­gado. Lo arries­gado es creer que pode­mos vivir sin poesía.

¿Y cuál sería ese  “gru­ñido casi inau­di­ble y des­a­fi­nado entre lo que las voces can­tan­tes pro­po­nen para la época” que pro­po­néis?

Si mira­mos a nues­tro alre­de­dor, el men­saje es bas­tante claro: la situa­ción es crí­tica y debe­mos dejarla en manos de los que saben. Lau­rie Ander­son tiene una can­ción mag­ní­fica lla­mada jus­ta­mente ‘Only an expert’, donde tra­baja sobre esa idea, la de que el dis­curso que más se ha mul­ti­pli­cado últi­ma­mente es el de que aban­do­ne­mos cual­quier inten­ción de tomar parte en el asunto, por­que sólo un experto puede encar­garse de ello. ¿De qué? Impo­si­ble saberlo, por­que sólo un experto puede deter­mi­narlo. Así vemos cómo áreas muy exten­sas de nues­tra vida civil, como la edu­ca­ción y la cul­tura, en las que nues­tras opi­nio­nes debe­rían ser bási­cas, pasan a ser pre­sen­ta­das como ente­le­quias de las que nada sabe­mos y que debe­mos con­fiar a tec­nó­cra­tas que deci­di­rán qué es lo mejor. Nues­tra edi­to­rial bus­car crear una mínima grieta ahí, en rela­ción a ese dis­curso que per­ma­nen­te­mente desea con­ver­tir­nos en espec­ta­do­res de nues­tra pro­pia vida y que busca que la par­ti­ci­pa­ción ciu­da­dana se limite a demos­trar que las con­sig­nas que ellos pro­mo­cio­nan son correc­tas. En ese sen­tido, lo del gru­ñido tiene que ver tam­bién con una frase de Piglia“El Estado dice que quien no dice lo que todos dicen, es incom­pren­si­ble y está fuera de su época”. Y tam­bién, por locasi inau­di­ble, está haciendo latente la nece­si­dad de acer­ca­miento, ¿ver­dad? Sola­mente al acer­car­nos más a algo que no se oye bien, somos capa­ces de enten­der ese sonido. Evi­den­te­mente hay slo­gans y con­sig­nas que pue­den ser ampli­fi­ca­das a tra­vés de los gran­des medios de comu­ni­ca­ción y fun­cio­nan como dis­pa­ra­do­res de un triunfo elec­to­ral o de una cam­paña de ven­tas, y otras for­mas de vida, como la de una edi­to­rial de poe­sía, que nece­si­tan modu­lar su len­guaje de un modo más pró­ximo, más íntimo. Me gusta la idea de un gru­ñido casi inau­di­ble, por­que veo que requiere ese acer­ca­miento del que te hablaba, pero tam­bién por­que no te garan­tiza una situa­ción de como­di­dad: estar cerca de algo que gruñe puede ser peligroso.

Eso por una parte. Y por otra, una vez que nos situa­mos en esa pelí­cula de cien­cia fic­ción que impli­ca­ría ima­gi­nar que for­ma­mos parte de un sis­tema lite­ra­rio, de un engra­naje edi­to­rial o cual­quier otra pers­pec­tiva que incluya ana­li­zar qué se está edi­tando en España en poe­sía, con qué cri­te­rios, bus­cando con­se­guir qué resul­ta­dos, tam­bién debe­ría­mos con­cluir que segu­ra­mente lo que deci­mos es incom­pren­si­ble para una gran parte de los edi­to­res —un bal­bu­ceo anal­fa­beto en tér­mi­nos de mar­ke­ting, o la ora­ción budista de un piloto kami­kaze a punto de estre­llarse— con un par de excep­cio­nes, como la del pro­yecto lili­pu­tiense de José María Cum­breño y la colec­ción Tras­atlán­tica de Juan Soros en Amar­gord, que tie­nen otra con­cep­ción, más mar­cada por la voca­ción de com­par­tir auto­res en muchos casos casi des­co­no­ci­dos en España pero que tie­nen una tra­yec­to­ria y una obra dig­nas de aten­ción; voca­ción con la que nos sen­ti­mos empa­ren­ta­dos, desde ya.

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De hecho vues­tro obje­tivo es la edi­ción de poe­tas con­tem­po­rá­neos con obras con­so­li­da­das en sus paí­ses de naci­miento pero no publi­ca­dos aquí.

Nues­tro obje­tivo, como el de cual­quier otra gue­rri­lla, no puede ser otro que el disol­ver­nos por haber­nos con­ver­tido en una herra­mienta inne­ce­sa­ria para la socie­dad: la edi­ción de poe­tas que cree­mos valio­sos y que son des­co­no­ci­dos en España es un modo de poner en prác­tica una crí­tica al sis­tema edi­to­rial desde la acción. ¿Por qué un par­ti­cu­lar, sin nin­guna estruc­tura más que su pro­pia expe­rien­cia y sus amis­ta­des, es capaz de detec­tar a esos poe­tas y de con­tac­tar­los, tra­du­cir­los, y edi­tar­los —mien­tras una gran edi­to­rial de poe­sía está ocu­pa­dí­sima mon­tando una polé­mica bizan­tina acerca de la “cla­ri­dad” poé­tica? En cierto sen­tido cada libro que edi­ta­mos es al menos dos cosas: el libro en sí y la pre­gunta acerca de qué está haciendo cada uno por la poe­sía: qué esta­mos publi­cando, leyendo, rese­ñando. Qué tan permea­bles somos en lo que supo­ne­mos que es poe­sía, en lo que ima­gi­na­mos que debe ser publi­cado y leído y asi­mi­lado. Por eso hablaba antes de un eco­sis­tema: nues­tra suerte es cir­cu­lar, y no nos per­te­nece a noso­tros única­mente. Si ese mínimo gesto de resis­ten­cia que esta­mos esbo­zando desde Kriller71 encuen­tra un eco, puede mul­ti­pli­carse y ali­men­tarse de sí mismo.

Enton­ces, ¿qué quiere ofre­cer Kriller71 al eco­sis­tema poético?

Diría que jus­ta­mente esa inco­mo­di­dad, esa duda acerca de lo que se viene haciendo y con­va­li­dando como una prác­tica válida para la edi­ción de poe­sía. Cues­tio­nar, por ejem­plo, cuál es la rela­ción que España tiene hoy en día con la poe­sía lati­noa­me­ri­cana y cómo es posi­ble que en tér­mi­nos gene­ra­les a las gran­des edi­to­ria­les les baste con publi­car unas anto­lo­gías bas­tante laxas para dar por cum­plida su cuota de poe­sía sud­ame­ri­cana mien­tras al mismo tiempo y sin cues­tio­nár­selo publi­can libros de cual­quier autor local que sea capaz de garan­ti­zar­les más de 200 likes en facebook.

Edgardo Dobry decía el otro día que un edi­tor es alguien que no ha podido encon­trar un libro que estaba bus­cando y ha deci­dido edi­tarlo él: creo que ese es un cri­te­rio que aplica bien en nues­tro caso. Evi­den­te­mente, veni­mos a cubrir una nece­si­dad que no existe más que en noso­tros. Tal vez eso no cam­bie nunca, pero si con­se­gui­mos ampliar el alcance de ese “noso­tros”, tal vez esta bici­cleta que veni­mos a ofre­cer­les a los peces se trans­forme en algo un poco menos disfuncional.

Por otro lado, ade­más de ese gran signo de pre­gunta que aca­rrea­mos de incen­dio en incen­dio, me gus­ta­ría creer que tam­bién pode­mos repen­sar los modos de pro­duc­ción de los libros de poe­sía para que todas las per­so­nas invo­lu­cra­das en las dife­ren­tes eta­pas se sien­tan res­pe­ta­das e inte­gra­das. O, por ejem­plo, ver qué víncu­los se pue­den crear entre deter­mi­na­das obras poé­ti­cas y otras pic­tó­ri­cas: noso­tros hemos uti­li­zado tra­ba­jos de la fotó­grafa mexi­cana Valen­tina Siniego para nues­tros dos pri­me­ros libros, luego, las por­ta­das de los libros de Antu­nes y Leminski traen foto­gra­fías de dos artis­tas plás­ti­cos bra­si­le­ños con­tem­po­rá­neos, Már­cia Xavier y Wal­ter Gam, que dia­lo­gan con los poe­ma­rios de un modo muy par­ti­cu­lar; y en gene­ral, es una idea —la de pro­pi­ciar ese ida y vuelta entre la poe­sía y las artes plás­ti­cas, esa con­ver­sa­ción gra­cias a la cual pode­mos cono­cer tam­bién algo de lo que están haciendo cier­tos fotó­gra­fos— es una idea, digo, que nos interesa, y que que­re­mos seguir desa­rro­llando, por­que da la sen­sa­ción de que muchas veces las por­ta­das de los libros de poe­sía o bien son enten­di­das como lápi­das gra­ba­das por ico­no­clas­tas, o bien inten­tan con­ven­cer­nos de la hiper­con­tem­po­ra­nei­dad de los tex­tos a tra­vés de imá­ge­nes sali­das de cyber-peluquerías y expen­de­do­ras de chi­cles de Tokyo. Se trata de gene­rar una den­si­dad dife­rente, algo que nos dis­lo­que de la pro­duc­ción serial de obje­tos y nos ubi­que, como edi­to­res, frente a cada libro, como quien se sitúa frente a una nueva pre­gunta. Si no somos los pri­me­ros en estre­me­cer­nos ante eso, y si no ima­gi­na­mos qué dis­po­si­ti­vos —ima­gen de por­tada, pre­fa­cio, etc— pue­den ayu­dar­nos a sub­ra­yar la indi­vi­dua­li­dad de ese volu­men, su carác­ter único e indo­mes­ti­ca­ble, no val­dría la pena edi­tar un libro.

Comen­zas­téis vues­tra anda­dura res­ca­tando Como higuera en un campo de golf del peruano Anto­nio Cisneros.

Exacto. Le había­mos comen­tado a Toño [Cis­ne­ros] que que­ría­mos comen­zar con un libro suyo, pero nos dijo que lamen­ta­ble­mente no tenía nada nuevo. Enton­ces Car­lito Aze­vedo me comentó que se cum­plían 40 años de la pri­mera edi­ción de ese libro, y que ade­más nunca había sido publi­cado en España. Nos pare­ció muy opor­tuno, desde un cierto ángulo un poco iró­nico, claro, por­que esa higuera en un campo de golf, que es una ima­gen más del infi­nito catá­logo sobre la sole­dad del poeta, retrata tam­bién la expe­rien­cia euro­pea, o la catás­trofe euro­pea, de Cis­ne­ros: el poeta par­tiendo del Perú con su mujer y su niño pequeño, el poeta dando cla­ses des­ga­na­da­mente en las uni­ver­si­da­des euro­peas, el poeta embo­rra­chán­dose con ami­gos sud­afri­ca­nos en los pubs lon­di­nen­ses, el poeta sepa­rán­dose de su mujer, el poeta en el hos­pi­tal, etc. Y sin embargo, lo hace sin nin­gún rasgo auto­com­pa­sivo, o lamen­ta­tivo. Más bien con humor, y des­li­zando crí­ti­cas agu­das hacia sí mismo y hacia el etno­cen­trismo euro­peo: de hecho, cuando lo publi­ca­mos, me di cuenta de que se tra­taba de un libro muy actual, donde incluso apa­re­cen las cace­rías de ele­fan­tes en África, que tan de moda puso la monar­quía espa­ñola el año pasado. Y ese campo de golf en el que la higuera apa­rece ais­lada tam­bién puede enten­derse como el esce­na­rio neo­li­be­ral espa­ñol y euro­peo, ese gran vacío tele­vi­sado con­tra el que se recor­tan nues­tros sue­ños como una inter­fe­ren­cia. Ya ves que esto de los gru­ñi­dos, las inter­fe­ren­cias, los rui­dos en la señal, es una ima­gen recu­rrente en mí, en la medida en que me ayuda a expli­car la escala de nues­tras accio­nes pues­tas en con­traste con los dis­cur­sos dominantes.

De paso, en ese libro de Toño, hay un poema que me encanta, y que tiene un final que acabé apli­cando a nues­tra expe­rien­cia edi­to­rial. Es algo muy breve:

VOLVIENDO A LO QUE DIJE

Ordeno mi biblio­teca, mi dis­co­teca, mi heme­ro­teca,
dejo de fumar, de tomar, de escu­pir en el suelo,
sales para el apa­rato diges­tivo, para el pán­creas,
y al hígado lo dejo entre su caja, limito sus fun­cio­nes,
me acuesto y me levanto como un gallo
en un país solar, gim­na­sia cada día,
y pienso en todo el mundo, nunca en mí.
(¿Ante quién te dis­cul­pas, pelo­tudo?)

Esto viene a cuento por­que a veces, des­pués de todo el esfuerzo y la dedi­ca­ción de bus­car qué es lo mejor que pode­mos ofre­cer desde la edi­to­rial, y con­tac­tar al autor, y con­se­guir que nos auto­rice la publi­ca­ción, des­pués de maque­tar el libro, lle­gar a ese punto en que la edi­ción nos deja satis­fe­chos, y, final­mente y si todo va bien, tener esos quince minu­tos de ale­gría al reci­bir las cajas de la imprenta, llega el momento de la culpa, bajo la figura pesa­di­llesca del librero que, sos­te­niendo nues­tro ejem­plar con las pun­tas de los dedos, a fin de evi­tar cual­quier posi­ble con­ta­gio, nos mira con una mueca que revela desen­canto e incre­du­li­dad en dosis igua­les y nos pre­gunta, retra­yendo un poco los labios, si real­mente, si aún, si es posi­ble, si de ver­dad, si en pleno siglo XXI, si no nos hemos dados cuenta. Es decir, nos pre­gunta, única y lacó­ni­ca­mente, como si esa sola pala­bra fuese una expli­ca­ción auto­má­tica y diá­fana de su decep­ción: “¿poe­sía?” —y uno esta­ría a punto siem­pre de enco­gerse un poco, tor­tu­guil­mente, y escon­der los libros den­tro de la gabar­dina que lamen­ta­ble­mente no lleva y dejar esca­par alguna dis­culpa en sor­dina, ale­ján­dose por la calle y bajo la llu­via, de no ser por esa frase que viene a res­ca­tar­nos, desde el fondo del escep­ti­cismo de Cis­ne­ros: ante quién te dis­cul­pas, pelo­tudo. Y por qué.

Des­pués con­ti­nuas­teis con el cuarto libro de  la poeta gana­dora del Pri­mer Pre­mio de Poe­sía del Dia­rio La Nación en 1988, María Rosa Mal­do­nado y su Atza­vara.

Bueno, los libros van siendo publi­ca­dos de a pares, enton­ces Atza­vara salió junto con el libro de Cis­ne­ros. Creo que tam­bién sirve para ir ampliando el sitio donde a veces uno puede que­dar encua­drado en el ima­gi­na­rio de la gente. Es decir, que la edi­to­rial va más allá de la poe­sía colo­quial, o de los nom­bres más reco­no­ci­dos, o de tal o cual ten­den­cia. En el caso de Mal­do­nado tam­bién me pare­cía intere­sante, otra vez, gene­rar una fisura en ese pen­sa­miento raquí­tico que pre­su­pone que la poe­sía argen­tina pueda ser divi­dida en una línea obje­ti­vista y otra neo­ba­rroca —que es un pre­jui­cio, fruto de la pereza, que hemos escu­chado algu­nas veces. Yo diría que ella, al igual que otra poeta argen­tina que nos gusta mucho, Liliana Ponce, interio­riza una línea más orien­ta­lista pero per­so­na­li­zán­dola, mez­clán­dola con una heren­cia más exis­ten­cia­lista —es decir, no un orien­ta­lismo de pos­tal de geisha en el monte Fuji, ¿no? Y en esa heren­cia exis­ten­cia­lista, hay un res­cate de la memo­ria que me hace pen­sar tam­bién en una poeta como Olga Orozco, que fue de hecho una de las per­so­nas que más hizo para que la obra de Mal­do­nado alcan­zase el reco­no­ci­miento que tiene. Des­pués, todas esas cues­tio­nes, más teó­ri­cas, se des­va­ne­cen ante la lec­tura, que es donde se pro­duce el silen­cio y el encuen­tro —o nada. Y en ese sen­tido la expe­rien­cia fue muy posi­tiva por­que pudi­mos ver cómo esos poe­mas des­per­ta­ban el inte­rés de otros poe­tas de este lado del océano, incluso de poe­tas de nue­vas gene­ra­cio­nes, como Luna Miguel yUnai Velasco.

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La pri­mera edi­ción bilin­güe ha sido la de Paulo Leminski y Yo iba a ser Homero, una anto­lo­gía poética.

Sí. Esa será otra de las anéc­do­tas para los nie­tos: que el abuelo fue el pri­mero en publi­car aLeminski en España, aun­que dudo que me lo crean. Leminski es uno de esos casos en los que uno se pre­gunta qué más hace falta para que un autor sea publi­cado aquí: no sólo ha sido una de las figu­ras prin­ci­pa­les de la cul­tura bra­si­leña de los años 80, con la ben­di­ción y el elo­gio de figu­ras tan des­ta­ca­das y diver­sas como Haroldo de Cam­pos y Cae­tano Veloso, sino que ahora mismo su obra com­pleta, que acaba de ser publi­cada en Bra­sil a 24 años de su muerte, se ha con­ver­tido en el libro más ven­dido en la prin­ci­pal cadena de libre­rías del país, des­pla­zando al best-seller de turno. Es un autor dueño de un bagaje inte­lec­tual envi­dia­ble, pero que supo sin­te­ti­zar todo aque­llo en una suerte de pop-culto que sigue atra­yendo a miles de lec­to­res. Ade­más para mí tenía, y tiene, un valor afec­tivo muy grande, por­que el pri­mer libro de poe­sía que leí cuando lle­gué a Bra­sil, allá por 1996, fue jus­ta­menteDis­traí­dos Ven­ce­re­mos, de Paulo Leminski. Y ya desde el título sentí que a par­tir de ese momento se había pro­du­cido un des­pla­za­miento en el modo en que yo tenía de leer y enten­der la poe­sía: es una pena que haya muerto tan joven, con 44 años, pero para los lec­to­res espa­ño­les es todo un terri­to­rio inex­plo­rado que, espero, ten­gan la posi­bi­li­dad de ir des­cu­briendo a par­tir de ahora, por­que Leminski ade­más de poe­sía escri­bió bio­gra­fías deLen­non, Trostki y Bashô, una novela en la que narra el viaje fic­ti­cio de Des­car­tes a Bra­sil, letras de can­cio­nes, ensa­yos crí­ti­cos, libros infan­ti­les; en fin, creo que hacía uso, adap­tán­dolo, de su pro­pio poema, según el cual “en la lucha de cla­ses / todas las armas son bue­nas // pie­dras / noches / poe­mas”.

Y luego está el for­mato dis­tinto de Ins­tanto, de Arnaldo Antu­nes, que ade­más incluye un CD.

Claro, por aque­llo que comen­taba de que cada libro tiene unas nece­si­da­des espe­cí­fi­cas. El caso de Arnaldo tam­bién es curioso: la mayo­ría de la gente lo conoce por Tri­ba­lis­tas, pero no son tan­tas las per­so­nas que saben que es uno de los poe­tas y per­for­mers más des­ta­ca­dos. Y esto es algo que uno puede con­tras­tar con bas­tante faci­li­dad, basta ver la can­ti­dad de fes­ti­va­les poé­ti­cos aquí en Europa que se dispu­tan su pre­sen­cia. De hecho, cuando Eduard Escof­fet, que de esto sabe mucho, tenía mayor inci­den­cia en la pro­gra­ma­ción cul­tu­ral de Bar­ce­lona, Antu­nes era un habi­tué de la ciu­dad. Hablá­ba­mos los otros días con algu­nos ami­gos y pen­sá­ba­mos eso, que si Arnaldo fuese un artista nor­te­ame­ri­cano, ya esta­ría mul­ti­pu­bli­cado en libros, DVDs, etc. De todos modos creo que la gente ha sabido valo­rar su tra­bajo: el lan­za­miento del libro, en el que afor­tu­na­da­mente con­ta­mos con la pre­sen­cia del autor, atrajo muchí­sima gente y el libro se está ven­diendo muy bien, por suerte. Y no sólo aquí en España.

Pero vol­viendo a lo del libro: en este caso pen­sá­ba­mos que era muy impor­tante que pudié­ra­mos ofre­cer un regis­tro sonoro de su tra­bajo tam­bién, por­que es algo que puede ayu­dar a com­ple­men­tar la lec­tura, a darle otra dimen­sión. La poe­sía con­creta nece­sita que uno active unos modos de per­cep­ción y com­pren­sión dis­tin­tos al regis­tro poé­tico, diga­mos, más habi­tual, o “narra­tivo”. Cuando uno lee un poema de Ash­bery, por nom­brar a un poeta que admiro muchí­simo, lo que lee le puede gus­tar más o menos, pero la den­si­dad del texto, el modo de estruc­tu­rarlo, el desa­rro­llo, las varia­cio­nes, todos los aspec­tos com­po­si­ti­vos, tra­ba­jan sobre un sis­tema lógico que nos resulta cono­cido, por­que guarda muchas analo­gías con los movi­mien­tos de nues­tro pen­sa­miento, es decir que el texto se des­liza sobre una lógica que, más allá de las par­ti­cu­la­ri­da­des del autor (Ash­bery no es jus­ta­mente un silo­gista, sino todo lo con­tra­rio) somos capa­ces de iden­ti­fi­car y aso­ciar con nues­tra pro­pia mente. Lo que sucede en el caso de la poe­sía con­creta es lo que Arnaldo sin­te­tizó en una frase, en la pre­sen­ta­ción de Ins­tanto, cuando dijo que su poe­sía no relata un acon­te­ci­miento, sino que ella misma es el acon­te­ci­miento. Eso hace que uno nece­site posi­cio­narse de otro modo frente a los tex­tos, par­ti­ci­pando de una forma más activa. Y creo que a tra­vés de la escu­cha del CD, ade­más de extraer un pla­cer audi­tivo muy grande, uno puede ir des­cu­briendo algu­nas posi­bi­li­da­des y modos de acer­carse a la pro­duc­ción tex­tual de Arnaldo, ima­gi­nando cómo podrían sonar otros tex­tos que no están en el CD y borrando algu­nas fron­te­ras ima­gi­na­rias entre aque­llo que está en la página y aque­llo que se pro­paga mediante las ondas sono­ras. En ese sen­tido la uni­dad de resul­ta­dos de la obra de Arnaldo es impre­sio­nante, teniendo en cuenta la gran varie­dad de recur­sos que utiliza.

Ade­más, enten­día­mos que nues­tro for­mato habi­tual de libro, tipo bol­si­llo, era efec­tivo para un tipo de poe­sía más inti­mista, en la cual la pro­xi­mi­dad física entre el lec­tor y el objeto es desea­ble; pero no ser­vía para una poe­sía en la que el yo está vir­tual­mente ausente, una poe­sía que pone en prác­tica una expe­ri­men­ta­ción casi filo­só­fica del len­guaje, y que pide una cierta dis­tan­cia, una sepa­ra­ción espa­cial que bien puede enten­derse como el tra­yecto nece­sa­rio para la for­mu­la­ción de un pen­sa­miento: la ima­gen del poema llega un poco más tarde al cere­bro, el calor del papel no nos envuelve tanto, la tipo­gra­fía y el dis­curso no bus­can la iden­ti­fi­ca­ción per­so­nal del lec­tor con lo que lee, sino ape­nas su aten­ción, sus sen­ti­dos. Creo que la idea ha fun­cio­nado bien en ese sentido.

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Hemos hablado de lo que ya habéis edi­tado. ¿Cuá­les serán las pró­xi­mas pro­pues­tas de la editorial?

En prin­ci­pio nues­tros lan­za­mien­tos serán semes­tra­les —aun­que siem­pre puede haber alguna sor­presa—, con lo cual nues­tros dos pró­xi­mos libros sal­drán entre sep­tiem­bre y octu­bre: en este caso el eje es la poe­sía nor­te­ame­ri­cana. Publi­ca­re­mos a un poeta cana­diense, Robert Bringhurst, y a una poeta esta­dou­ni­dense, Mary Jo Bang. Creo que ade­más de tra­tarse de dos títu­los fas­ci­nan­tes (La belleza de las armas y El cla­ros­curo del pin­güino) esta­re­mos cum­pliendo con nues­tra pre­misa: Bringhurst es otra de esas ausen­cias incom­pren­si­bles en España (muchos de los poe­tas con los que he hablado lo cono­cen y les gusta, pero no han podido encon­trar nada tra­du­cido), mien­tras que de Mary Jo sólo se ha publi­cado un libro, Elegy, que es estu­pendo, pero que gira alre­de­dor de la muerte de su hijo —de modo que nos parece impor­tante ampliar el espec­tro de la poe­sía de Mary Jo publi­cada en España hacia otros temas, más recu­rren­tes en su obra: el ero­tismo, la iro­nía, la mirada sobre el arte con­tem­po­rá­neo y el pro­blema del len­guaje, entre otros. Serán edi­cio­nes bilin­gües, (esta­mos en la fase de tra­duc­ción de ambos libros ahora mismo) y regre­sa­re­mos a nues­tro for­mato de bol­si­llo, que es el que nos per­mite lle­var ade­lante el proyecto.

¿Es posi­ble apos­tar por la poe­sía en estos tiempos?

Per­fec­ta­mente. Acabo de leer en Face­book que Enri­que Villa­grasa dice lo siguiente:Última hora: Poe­sía se dis­para más de un 3% y firma la segunda mayor subida del año”. No, en serio: si el tema pasa por las uti­li­da­des mate­ria­les que uno reciba a cam­bio de escri­bir o leer o edi­tar poe­sía, nos podría­mos pre­gun­tar por el sen­tido de ir al Musée d’Orsay, de escu­char música o de con­tem­plar la ele­gan­cia de un galgo. Hay algo que tiene que ver con el deseo de com­par­tir aque­llo que nos pro­duce emo­ción, que soy capaz de iden­ti­fi­car alre­de­dor de esta tarea de edi­tar algu­nos libros de poe­sía, y que se con­firma cada vez que recibo un mail de alguien que ha leído un libro nues­tro y quiere hacer­nos saber que le ha gus­tado, o que desea leerlo, y que se siente empa­ren­tado con noso­tros de algún modo —y que en cam­bio no detecto en las publi­ci­da­des de auto­mo­vi­lis­tas soli­ta­rios avan­zando por cami­nos de mon­taña por mucho que vayan acom­pa­ña­das de voces sua­ves que susu­rran “emo­tion” o“feel it” o cual­quier cosa del tipo. Hay un poema de Juan Gel­man que gira alre­de­dor de esa nece­si­dad que va más allá de cual­quier recom­pensa mate­rial, y que comienza de modo un poco gran­di­lo­cuente, hablando de alguien que se sienta a la mesa y escribe “con este poema no toma­rás el poder”, y “con estos ver­sos no harás la Revo­lu­ción”; pero que a medida que trans­cu­rre el texto es cada vez más intere­sante, por­que los logros mate­ria­les que no se obten­drán, y que el poema va enun­ciando, pasan de ele­men­tos más o menos prác­ti­cos hasta lle­gar a obje­tos casi absur­dos en tér­mi­nos mer­can­ti­les (“no entrará al cine gra­tis con ellos / no le darán ropa por ellos / ni papa­ga­yos ni bufan­das ni bar­cos / ni toros ni para­guas con­se­guirá con ellos”). La para­doja es que pese a todo eso, esa per­sona, nue­va­mente en el último verso, “se sienta a la mesa y escribe”, con lo cual la acti­vi­dad queda ins­cripta casi en el orden de lo ins­tin­tivo, o de aque­llas nece­si­da­des que no pue­den enmar­carse en la lógica del costo-beneficio. De hecho, creo que nues­tra colec­ción de poe­sía podría lla­marse así: Ni toros ni para­guas.

 
 
Hasier Larretxea

Hasier Larretxea

Hasier Larretxea nació en marzo de 1982 en el pueblo rural de Arraioz, en el valle verde y húmedo de Baztan. A los 24 dejó atrás la vida del norte de Navarra para asentarse en Madrid y así poder continuar creciendo. A día de hoy está ramificando versos, hados. Comparte la bondad exquisita.

Aquí la revista KOULT

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