Tertulia

El verdadero fundamento de la comunidad poética no es un juego del lenguaje como tal, sino algo mucho más radical y que se debe diferenciar bien: determinadas condiciones y formas de relacionarse con los lenguajes. Esto significa que:

  • Por un lado, hay un juego de lenguaje específico de la comunidad poética;
  • Pero, por otro, dicha comunidad se sustenta en un modo peculiar de asumir los lenguajes: aquel que apunta hacia la trasnsignificación.

No hay que confundir estos dos nexos de la comunidad con los lenguajes:el que da cuenta de un lenguaje propio para poder articularse como convención -comunión centrada en lo poético y el que refiere a una manera de trabajar los lenguajes o jugar con ellos, destinada a la relevancia y transignificación.

Más allá de la palabra

Josu  Landa

Una de las instituciones más nítidas, entre quienes tienen alguna familiaridad con la poesía en México, es la de que los poetas somos los principales lectores –algunos dirían que los únicos–de los poemarios publicados por los demás colegas. […] El fenómeno puede leerse de varias maneras. Es cierto que no compagina con el modelo de relación obra – público prevaleciente desde hace mucho tiempo aquí y en el mundo, pero eso no lo trueca por sí mismo en tragedia.

Nuestra sociedad es en general hostil a la poesía; la tolera como rara avis…

En un mundo subbyugado por el dinero, el poder y la gloria warholiana del cuarto de hora de flash y pantalla, la poesía aparece como uno de los pocos reductos del idealismo moral y de los valores éticos e intelectuales más sublimes.

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A fin de cuentas, el curso de la poesía en el tiempo se ha dado al modo de un sabio equilibrio entre la valoración de lo bueno del pasado y búsqueda–incluso experimentación–de novedades más o menos disruptivas.

Es obvio que esta velocidad de ruptura e innovación (relativa como se ha visto) de las últimas vanguardias no ha procurado ajustarse al tiempo cultural evolutivo de la mayoría de los receptores de sus obras, ni menos aún, al de las masas indiferentes, sumidas en la enajenación y la incultura y toda una gama de miserias económicas políticas y morales.

En el plano de las poéticas, es claro que los valores estéticos se han redimensionado y los modos de concretar el principio de relevancia, en el texto, se han diversificado, sin que el ‘público’ haya secundado tanta novedad extraña.

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La posibilidad de conexión entre la mejor poesía del presente y el ‘público’ pasa por una formación del receptor, no por una renuncia del poeta a sus compromisos con la palabra y con lo humano.

Claridad no es sinónimo de concesión a la barbarie. También los receptores deben educarse en la poesía, hacerse a sí mismos como comulgantes del verbo con intención estética, ser capaces de dominar  los códigos expresivos operantes en el discurso poético.

El lugar de la poesía en los tiempos de la decadencia y las exigencias que comporta para poetas y receptores reclama una revisión del viejo modelo de relación obra-público.

Si la mejor poesía de nuestro tiempo tiende, en general, a ser obra y asunto de interés de los menos, ello no se debe a que alguien cierre las puertas a los más. Lo que sucede es que componer buenos textos con intención estética–en esta era de autodeterminación expresiva y de supuesto aumento de las dificultades para innovar, pues, parece que ‘todo está hecho’ en materia de escritura poética–requiere consagrar esfuerzos ingentes a metas que difícilmente reditúan dinero, gloria y poder. Como se sabe, éstos son algunos de los valores mayoritarios, mientras que las emociones y placeres más refinados y sublimes–no por ello los más dispendiosos–en general, exigen rigores previos que no todo el mundo está dispuesto a experimentar.

La buena poesía también pide un precio considerable a los receptores: deben ser cultos–es decir, cultivarse, esforzarse, labrarse un ethos específico–forjarse un sólido criterio estético, aprender en lo posible a sentir amor, respeto crítico y placer por las palabras, adquirir cierta erudición en torno a las bases formales del arte y a la tradición poética. De hecho, la labor de receptor comporta un grado de creatividad, que disipa el halo de pasividad que pueda envolver la idea de recepción.

En el presente, cultivar la poesía, tanto en el papel de autor como en el de receptor, implica una especie de apostolado o de sacerdocio que muy pocos pueden o quieren asumir. Esa resistencia tan frecuente puede deberse, en buena parte, al hecho de ignorar que el mejor placer es el que sucede al más digno esfuerzo.

 Apuntes de “La poesía en el planeta de  los nimios” en  Escribir poesía en México.

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